Desarrollo Jurídico Sistémico · Reflexiones

Por qué las visiones son más importantes que los objetivos

O: qué tiene que ver nuestra idea de la realidad con el futuro

Una persona ante una bifurcación entre un camino de objetivos medidos y un paisaje abierto, con una brújula como símbolo de orientación.

O: qué tiene que ver nuestra idea de la realidad con el futuro

Vivimos en una época de objetivos.

Las empresas definen objetivos de rendimiento. Las administraciones formulan metas. Los partidos políticos aprueban cifras objetivo. Los proyectos se dividen en hitos. Incluso el desarrollo personal se mide con frecuencia mediante objetivos: más éxito, más rendimiento, más alcance, más eficiencia.

Los objetivos se consideran racionales. Transmiten claridad, capacidad de dirección y control.

Pero cuanto más tiempo observo los procesos de cambio social, más se me impone otra pregunta:

¿Y si nuestro problema no fuera la falta de objetivos?

¿Y si nos faltara otra cosa?

Quizá no nos falte claridad sobre los objetivos.

Quizá nos falte orientación.

El mundo como proyecto

Los objetivos funcionan muy bien cuando la tarea es conocida.

Quien construye una casa necesita un plan. Quien levanta un puente necesita plazos, presupuestos e hitos. Quien desarrolla una máquina debe definir cuándo debe cumplirse cada función.

En esas situaciones, los objetivos son indispensables.

Sin embargo, con el tiempo hemos empezado a trasladar la misma lógica a casi todos los ámbitos de la vida.

La sociedad se convierte en proyecto.

La naturaleza se convierte en objeto de gestión.

La política se convierte en una tarea de dirección.

El futuro se convierte en un problema de planificación.

La pregunta casi siempre es:

¿Qué queremos conseguir?

Con menos frecuencia preguntamos:

¿Cuál es, en realidad, la realidad en la que vivimos?

En este punto comienza una diferencia más profunda.

La pregunta por el para qué — y la pregunta por el qué

Los objetivos nacen de una visión de la realidad orientada a la finalidad.

Preguntan:

  • ¿Para qué sirve algo?
  • ¿Qué utilidad tiene?
  • ¿Qué función cumple?
  • ¿Cómo podemos dirigirlo?

Estas preguntas son importantes.

Pero no son las únicas.

Antes de la pregunta por la finalidad hay otra:

¿Qué es esto, en realidad?

¿Qué es un río?

¿Un proveedor de agua?

¿Una fuente de energía?

¿Un sistema de protección frente a inundaciones?

¿Un espacio recreativo?

¿O es un río, ante todo, un sistema acuático vivo, con dinámica, historia y relaciones propias?

Las respuestas son profundamente distintas.

Quien pregunta primero por la utilidad tomará decisiones diferentes de quien pregunta primero por lo que algo es.

La pregunta olvidada

La filosofía llama ontología a esta pregunta por el ser y por la naturaleza de las cosas.

El término suena académico, pero describe algo muy sencillo:

No pregunta primero qué podemos hacer con el mundo.

Pregunta qué es el mundo.

En muchos ámbitos de nuestra sociedad moderna, esta pregunta parece haber pasado a un segundo plano.

Debatimos sobre el uso de suelos, aguas, bosques y paisajes.

Calculamos servicios ecosistémicos.

Valoramos recursos.

Optimizamos procesos.

Pero con frecuencia tratamos el mundo vivo que nos rodea principalmente desde el punto de vista de su función.

La cuestión de su valor intrínseco, su singularidad o su integridad suele quedar subordinada.

Quizá esto explique por qué muchos debates, pese a disponer de datos cada vez mejores e instrumentos cada vez más sofisticados, resultan extrañamente incompletos.

No falta conocimiento.

Falta una orientación más profunda.

De dónde nacen las visiones

Las visiones rara vez nacen de tablas.

Rara vez nacen de indicadores.

Y rara vez nacen de planes de proyecto.

Las visiones suelen comenzar con un cambio de percepción.

Alguien reconoce una relación que antes permanecía invisible.

Alguien ve una posibilidad que los demás todavía no ven.

Alguien contempla la misma realidad, pero con otros ojos.

Por eso las visiones suelen ser difíciles de traducir en cifras.

No describen un estado final fijado con exactitud.

Describen una dirección.

Una visión no dice:

Allí estaremos el 17 de octubre de 2035.

Una visión dice:

En esa dirección deberíamos avanzar.

Por qué los grandes cambios comienzan con visiones

Los cambios sociales significativos rara vez pueden reducirse a sistemas de objetivos.

La abolición de la esclavitud estuvo impulsada por luchas políticas, resistencia y argumentos religiosos, morales, jurídicos y también económicos. Al mismo tiempo cambió una idea fundamental sobre cómo pueden ser tratadas las personas en el derecho y en la sociedad.

El desarrollo de los derechos de las mujeres fue igualmente un largo proceso político y social. En su centro estuvo una y otra vez la disputa sobre qué significan realmente la igualdad y la igualdad de derechos.

Muchas cuestiones ecológicas también afectan, en último término, a este nivel.

La pregunta decisiva no es solo:

¿Cómo protegemos la naturaleza?

Sino también:

¿Qué entendemos por naturaleza?

¿Materia prima?

¿Escenario?

¿Recurso?

¿O parte de un mundo vivo al que nosotros mismos pertenecemos?

Según cómo respondamos a esta pregunta, surgirán objetivos diferentes.

Pero la visión nace antes.

Las visiones como brújula

Los objetivos son importantes.

Sin objetivos, muchas cosas quedan sin compromiso.

Pero los objetivos por sí solos no bastan.

Los objetivos responden a la pregunta por el siguiente paso.

Las visiones responden a la pregunta por la dirección.

Un objetivo puede alcanzarse.

Una visión puede ofrecer orientación durante generaciones.

Un objetivo suele pertenecer a un proyecto.

Una visión pertenece a una concepción del mundo.

Quizá ahí resida precisamente su importancia.

El futuro no es un problema técnico que deba resolverse.

Es un espacio abierto en el que las personas toman decisiones.

Quien solo posee objetivos puede avanzar con eficiencia y, aun así, perder la dirección.

Quien posee una visión quizá no conozca de antemano cada paso.

Pero sabe por qué se orienta.

El futuro comienza con una pregunta

Quizá por eso el cambio social no comienza con la pregunta:

¿Qué queremos conseguir?

Sino con otra:

¿Qué reconocemos como realidad?

De esa respuesta nacen nuestros valores.

De nuestros valores nacen nuestras visiones.

Y de nuestras visiones nacen finalmente nuestros objetivos.

Quien invierte este orden corre el riesgo de planificar el futuro sin saber hacia dónde se dirige realmente.

Las visiones no son, por tanto, lo contrario de los objetivos.

Son su origen.

Una pregunta para continuar

Quizá el cambio social no comience con la pregunta de qué objetivos perseguimos. Quizá comience con la pregunta de qué realidad reconocemos.

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Esta reflexión nació también en memoria de mi hermano, el Dr. Reinhold Bader, con quien compartí muchas conversaciones sobre ontología, realidad y orientación social.

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Este artículo está bajo la licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional (CC BY-NC-SA 4.0).

La estructura y partes de la redacción se desarrollaron con ayuda de IA (GPT, OpenAI). Responsabilidad sobre el contenido: Hans Leo Bader.